Supongamos que conocemos y que hemos leído algo sobre Picasso. Haciendo un breve (y tal vez injusto) resumen, su vida está marcada por la genialidad (sobre todo en la pintura, pero sin olvidar la escultura y todas las otras formas de expresión que cultivó) y por las mujeres. Picasso decía (o dicen que dijo) que las mujeres sólo servían para la cama y para ser retratadas. Tal vez Las señoritas de Avignon sea la obra que mejor expresa esa conjunción de genialidad, mujeres y sexo: la pintura que inicia el periodo africano del pintor malagueño presenta a las prostitutas de la casa de citas de la calle Avinyon de Barcelona.

En los primeros años del siglo XX Picasso frecuentó los sitios de la movida parisiense y barcelonesa de la época en compañía de artistas e intelectuales. Uno ellos fue Ángel Fernández de Soto que, aunque pintor como él, era muy dado a las fiestas y a las mujeres. Picasso lo retrató fumando y bebiendo absenta en una obra de 1903 encuadrada dentro del periodo azul.

También lo retrató en momentos de más batalla.

El dibujo es explícito, pero ¿quién duda de que estamos hablando de la misma persona?

¿No es fantástica la capacidad con la que Picasso es capaz de trasladar un rico retrato (a la izquierda) a un retrato hecho “con cuatro palillos” (a la derecha) manteniendo el aire y la personalidad del personaje? Sí, es un genio irrepetible.








