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Bajé la calle del Barquillo y me uní a la manifestación del primero de Mayo frente al Banco de España. Pasado el edificio Metrópolis comenzó a llover, pero la gente no abandonó la fila. Aquello parecía una procesión de Semana Santa: hordas enfiladas portando una bandera o una pancarta a modo de cirio, muy propio de la penitencia que nos toca vivir en estos tiempos. La lluvia no arreciaba. Ya en la Puerta del Sol uno de los oradores (telonero de los líderes de CC.OO. y UGT) gritó con fuerza: “la gente en la calle se moja, pero no se arruga”. Eso fue lo más destacable, lo más hilado, lo más espontáneo, lo que más llegó a la gente. El resto de lo que allí se dijo fue un saco de frases inconexas, exhortadas al tun-tun, muchas de ellas sin sentido.

Tanto Cándido Méndez como Ignacio Fernández Toxo gritaron mucho, le pusieron ganas y consiguieron arrancar algunos aplausos. Pero son malos oradores: no transmiten nada. Trataron de enardecer a los asistentes recordando las últimas medidas adoptadas por el Gobierno de Mariano Rajoy o lo que hizo Margaret Thatcher con la sanidad en el Reino Unido, pero sin chispa, sin ingenio. Soporífero es decir poco.

Y así, entre compañeros y compañeras, acabó el acto, aunque faltaba la alocución final, la más aplaudida y tal vez la más esperada: “y ahora nos vamos a tomar una cerveza, con alcohol o sin alcohol”. Aplausos enfervorecidos y fin de fiesta (y de suplicio).

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